MIS INQUIETUDES EN RELACIÓN CON LA FILOSOFÍA DESDE UNA BREVE
BIOGRAFÍA.
Finalicé la licenciatura en Filosofía por la UNED en 2007.
Estaba ya jubilado de la enseñanza, en la que había ejercido como maestro de
primaria de colegios públicos, profesor de lengua castellana y lengua francesa
en la segunda etapa de EGB y en secundaria.
Al poco tiempo de terminar los estudios de filosofía me
encontré con una antigua profesora de esta disciplina, compañera en el
instituto, y me preguntó si había publicado algún trabajo. Le respondí que no,
solo algunos de los que había redactado en la carrera y que podía encontrarlos
en un modesto blog, en el que suelo exponer mis inquietudes éticas e
intelectuales.
No obstante, durante cierto tiempo, aleccionado por la
pregunta de mi compañera, me surgió la inquietud de publicar en filosofía, pues
me preguntaba de qué me servía haberme afanado en estudiar una carrera sin la
oportunidad de haber podido desarrollar los conocimientos adquiridos en la
enseñanza, en la escritura o en cualquier otra iniciativa cultural. En esta
situación, me hacía algunas preguntas: ¿Por qué ese afán de escribir filosofía,
ya que el hecho de ser licenciado no quiere decir que se tenga talento para
elaborar productos de pensamiento que valgan la pena? ¿No será un prurito
vanidoso por darme a conocer en un difícil campo en el que no he tenido un
mentor, un filósofo, maestro y guía, que me hubiese orientado e introducido en
la elaboración de pensamientos propios de cierta profundidad? ¿O será un real y
profundo sentimiento de ayudar de alguna manera a mi prójimo más cercano, en unos
momentos en los que la filosofía estaba- y aún está- de capa caída a causa de
decisiones de distintos gobiernos que la marginan de los planes educativos,
según los cambiantes vientos del momento? ¿Pero quién soy yo, un modesto amante
de la sabiduría, para creerme que puedo llenar un vacío o dar una alternativa
filosófica cuando hay tantos filósofos en plena producción intelectual, tanto
en la publicación de textos filosóficos como en libros?
En relación con el maltrato que la filosofía recibe en determinados
ambientes culturales, tuve una experiencia significativa. En mi empeño de
actualizar mis conocimientos filosóficos acudí a una institución cultural donde
se debatían temas de esta naturaleza. Me atendió un señor alemán, que
desarrollaba una ingente labor en la institución. Me aclaró que ese día no se
iba a celebrar el debate por el que estaba interesado; además, se permitió
opinar negativamente de la filosofía delante de un familiar que me acompañaba.
Me vino a decir que para qué quería asistir a esa actividad si la filosofía no
valía para nada. Me sorprendió que un ciudadano alemán, originario de un país
con una inmensa tradición filosófica, tuviera el descaro de expresar opinión
tan desfavorable a alguien que manifestaba interés por asistir a una actividad
propia del centro. Este episodio me dejó descolocado.
Por otra parte, pienso que la Universidad de Cádiz, que tiene
una facultad de Filosofía y Letras, no ha podido por falta de demanda o no ha
querido crear una facultad de filosofía, y de esta manera la materia aparece
como picoteo en sus distintos planes de Humanidades y Letras. La UCA realiza
una importante labor en distintas disciplinas, incluidas las científicas y
tecnológicas, pero no se ve que desarrolle una labor específica filosófica,
salvo un máster, de reconocida solvencia, en el campo de la filosofía práctica.
A este impenitente e inacabado filósofo, en su constante
peregrinar de aquellos años posteriores a la licenciatura, también lo descolocó
que la Facultad de Filosofía y Letras de la UCA no tenga espacios de
colaboración y formación en filosofía, salvo los másteres y el doctorado;
mientras que en otras facultades se programan cursos, actividades artísticas y
seminarios, que permiten a la población en general una formación permanente
universitaria. El problema con el que nos encontramos los licenciados de planes
anteriores a Bolonia es que no podemos acceder directamente a los cursos de
doctorado como ocurre en algunas universidades españolas, y que durante muchos
años fue el itinerario habitual.
Años después, en ese mar de iniciativas que es Internet, di
con una web muy interesante de filosofía dirigida por el Doctor Jaime Nubiola,
profesor de Filosofía del Lenguaje y de Metodología Filosófica de la
Universidad de Navarra. Autor de monografías y de numerosos artículos de las
disciplinas que enseña en esa universidad. Experto en la obra de Charles
Peirce, ha promovido desde 1994, en Navarra, un Grupo de Estudios Peirceanos.
De inmediato, le planteé al profesor Nubiola mis inquietudes
respecto a la filosofía, y me contestó muy atentamente por correo electrónico
que me enviaba su libro: “El taller de la filosofía”, “una introducción a la
escritura filosófica”. Es verdaderamente un texto muy práctico que abarca
aspectos como la metodología de la filosofía, la filosofía como forma de vida,
el placer de la lectura, el aprendizaje de la escritura y prácticas comunicativas
e investigación, entre otros interesantes temas.
Me resultó sorprendente y motivadora la introducción de la
palabra “taller” en el título del libro, en una materia tan especulativa como
la filosofía, aunque es cierto que hoy la necesaria especialización de los
expertos la divida en teórica y práctica. Nubiola da al lector una descripción
muy gráfica de un taller del Renacimiento, que aparece en la portada del libro
y que no es otro que la pintura de Giorgio Vasari y Giovani Stradano Penélope
al telar de sus tejedoras (c. 1562), expuesta en el Palacio de la Señoría
de Venecia. La imagen de este taller, gremial, abigarrado, pleno de tareas de
las trabajadoras, el autor de libro la asemeja a lo que debe ser el trabajo de
un filósofo, concentrado en escribir con el esfuerzo y la pulcritud con que las
tejedoras realizan en su trabajo. Encuentra, además, otra semejanza en la
“dimensión manual” de ambos quehaceres, porque el filósofo utiliza también sus
manos para escribir, aunque hoy se valga del ordenador sobre el que hoy ha de aprender
a teclear y ordenar los materiales para crear un texto coherente y con sentido.
Particularmente pienso que si el filósofo emplea la razón, el pensamiento, para
producir sus textos con la mayor originalidad posible, a fin de contribuir al
avance del saber, no menos es la obra de las tejedoras atentas a las formas y a
la estética en el proceso de tejido y en la manipulación de los telares movidos
a mano, pero dirigidos por la inteligencia y la habilidad de cada una, a fin de
conseguir diseños adecuados.
Desde estos planteamientos que nos ofrece la imagen de las
tejedoras, para el profesor Nubiola, es necesario aprender a escribir
articulando las dos dimensiones de la filosofía; es decir, la peculiar
articulación entre pensamiento y escritura. Nos dice que “vivir es escribir”,
en una frase gráfica de Schelegel, en su libro Poesía y filosofía. En
esta línea de articulación afirma Nubiola que “aprender a escribir es aprender a
pensar y aprender a articular y pensamiento y vida”, todo un proceso que dura
la vida de la persona consagrada a esta hermosa tarea. Pero como no es mi
intención hacer una recensión del libro, me quedo aquí, saboreando frases,
afirmaciones y consejos que motivan a escribir al aprendiz de filósofo. Cada
vez que quiero producir algún texto que refleje el pensamiento propio y ajeno
acudo a este libro de cabecera.
Aunque no sea un reconocido filósofo, ni haya escrito libros,
la filosofía me ha dado una perspectiva de la vida desde el pensamiento; me ha
facilitado hacer análisis políticos y sociales; fundamentó en mi vida profesional las bases y los
criterios teórico- prácticos necesarios para un ejercicio humanizador de la labor docente; amplió mis
argumentos para entender que el
saber es poliédrico y plural y que las
respuestas a los problemas humanos exigen del esfuerzo de la razón y del
estudio. He aprendido también que, en ocasiones, y más actualmente, filosofía y
ciencia se dan la mano: hoy, un filósofo ha de conocer los avances científicos
para no especular sobre supuestos conocimientos que pueden llevar el error y
fundamentar su teoría sobre bases falsas.
En otro campo, la filosofía de la religión me ha hecho
plantearme cuestiones sobre mis creencias, procurando pasarlas por el tamiz de
la razón, porque una fe sin argumentos es una pobre fe; aunque la fe religiosa
como actitud imprime una gran fuerza de transformación personal, espiritual y
ética. Por consiguiente, fe y razón han de encontrarse en el campo relacional de
la sabiduría divina y humana y cuestionarse mutuamente.
Añadiría que el aspirante a filósofo necesita una escuela de pensadores
de altura que influyan en él y pueda progresar en el filosofar. Yo no la he
tenido, ya que los estudios de filosofía los hice a distancia, en la UNED, pero
mi experiencia de autodidacta en algunos momentos de mi vida me ayudó a sacar
el máximo provecho de los libros, artículos y consejos de mis profesores.
Como conclusión,
pienso que talento, imaginación, capacidad para la creación, cierta
especialización e influencia de una corriente de pensamiento constituida por maestros
cercanos son elementos fundamentales para formar excelentes filósofos.